El pan de los sandwiches de la franquicia Subway tiene tanto azúcar que no puede ser considerado pan. No lo digo yo, lo dijo hace seis años el Tribunal Supremo de Irlanda cuando el dueño de una tienda intentó pagar menos impuestos y cinco jueces le dijeron que no, caballero, que si el contenido de azúcar es de aproximadamente el 10% de la harina en la masa, es decir, que si dos rebanadas contienen 5 gramos de azúcar, el producto que usted está vendiendo entra dentro de la clasificación de bollería.
Es lo que en su día contó el diario británico The Guardian en un artículo con una tabla que afirma que la receta para las rebanadas de McDonalds es todavía más dulce: 5,8 gramos de azúcar, el equivalente a comerse dos galletas Digestive. 
Panaderos del mundo, pido calma. Que nadie se confunda porque este reportaje no va sobre pan ni sobre galletas que, sí, hablemos claro: las Digestive sirven para cagar mejor.
Quieren que seas un adicto al azúcar
En este reportaje no quiero hablar de pan, quiero hablar de otro producto, una sustancia blanca, muy muy adictiva y mucho más presente en nuestro mundo de lo que te imaginas. Pregúntate, amigo mío, por favor, pregúntate por qué McDonalds ha triplicado los niveles de azúcar de su pan en los últimos 40 años, y estarás empezando a desbloquear la oscura realidad de que a muchas empresas les interesa que consumamos cuanta más azúcar, mejor.
Pero, ¿por qué?
Pues ya te adelanto que no es por el motivo que imaginas.
Ahora hay más azúcar oculto en lácteos, galletas y snacks. Y esto lo hacen no por su sabor. Creeme. Hay cinco motivos que explican que el mundo se esté volviendo cada vez más dulce, pero antes de contártelos necesito, por favor que suspendas el siguiente test:

¿Sabrías decirme cuál (sólo uno) de los siguientes productos NO contiene azúcares añadidos?
- Fiambres
- Patatas de bolsa
- Pan integral
- Alubias en conserva
- Cigarrillos
La dulce conexión entre cerebro y tripas
Mientras lo piensas te cuento otro estudio bastante curioso (y del que casi nadie ha dicho nada, porque no interesa) que hizo la universidad de Columbia, Nueva York, en el 2020. ¿Objetivo? Demostrar que el azúcar es una droga, pero no por el motivo que creemos.
Para ello, a un grupo de valientes ratones se le practicó una incisión abdominal para inyectarles agua con azúcar directamente en el intestino delgado, sin que pasara por sus papilas gustativas, lo que reveló la existencia de una conexión directa entre tripas y mente. Dicho de otro modo: existe una vía neuronal independiente del gusto que conecta tu intestino con tu cerebro y que es responsable de que prefiramos alimentos con azúcar, insisto, independientemente de su sabor.
Ahora imagina un mundo en el que tú y yo somos los ratones. 
Un mundo en el que se le añade azúcar a algunas patatas de bolsa porque potencia el sabor y así te las terminarás más rápido y comprarás más. A ver, no todas llevan azúcar, de acuerdo. Pero las hay, creeme que las hay. Azucar en patatas, ¿qué sentido tiene eso?
Un mundo en el que fiambres, pan integral, latas de conserva, hasta el tabaco, por dios, lleva azúcar. Respuesta del test, GOLPE DE REALIDAD: todos estos productos llevan azúcares añadidos, ya sea para corregir la acidez, para hacer que tarden más en caducar, etc. Saber cómo vivir con una ingesta de azúcar razonable se está convirtiendo en un laberinto. Y nadie está hablando de ello. Nadie está hablando de que si hoy, para el almuerzo, te enchufas una coca cola y una ensalada del Mercadona, estarás casi duplicando la ingesta diaria de azúcar recomendada por la Organización Mundial de la Salud.
Un mundo en el que las Pringles, no a ver, entiendeme, las Pringles no llevan azucar añadido, vale, pero es que también son tramposas, es a donde quiero llegar porque las Pringles, dicho por sus propios fabricantes para, de nuevo, intentar pagar menos impuestos en el Reino Unido (spoiler, no lo consiguieron), las Pringles NO son patatas, según sus fabricantes, insisto, sino que son una pasta hecha de basura (“basura puede que no sea la palabra que usaron sus fabricantes”) diseñada para volverte un adicto a ellas.

Alimentos hiperpalatables: creados para que no puedas dejar de comerlos
Estamos hablando de los alimentos hiperpalatables. Alimentos que combinan de forma artificial altas cantidades de grasas, azúcares, sal y carbohidratos refinados con un objetivo, el mismo objetivo de los casinos, de las cajas de recompensa de los videojuegos y de los vídeos cortos de TikTok y programas similares: están científicamente diseñados para que su consumo trastorne el centro de recompensas de nuestro cerebro para que nos cueste mucho esfuerzo dejar de comerlos.
¿Sabías que los fabricantes de alimentos usan hasta 50 palabras diferentes para disfrazar la presencia de azúcar en sus productos? Cuando miramos una lista de ingredientes, nuestro cerebro no reacciona igual si lee “azúcar” o si lee “concentrado de fruta”.
“Un yogur 0% grasa puede contener tranquilamente casi un 8% de azúcar”, nos dice la conocida nutricionista Marián García, Boticaria García, en su libro El jamón de York no existe (lectura muy recomendable, por cierto) donde se muestra muestra una lista de ingredientes de un yogur en la que “no encontramos la palabra «azúcar» pero sí otro de los azúcares más utilizados como recurso: la fructosa”.
Mi ejemplo favorito es, de nuevo, McDonalds y sus patatas. Si echamos un vistazo en su web a la información nutricional veremos que, según dicen, no contienen azúcar. Pero la lista de ingredientes, atención, 19 ingredientes, sí que incluye Dextrosa. Que qué es la dextrosa? Pues azúcar. Cómo les permite la ley decir que sus patatas no llevan azúcar es algo para lo que, sinceramente, no tengo respuesta.
El azúcar es el máximo exponente de la mentalidad detrás de muchos de los alimentos que nos venden hoy en día: quieren que nos volvamos adictos a ellos por 5 motivos que te explicaré a continuación. Pero este vídeo no va sobre el consumo de azúcar, por favor. Este reportaje es como todos los vídeos de mi canal: otro capítulo más sobre cómo los poderosos intentan convertirnos en esclavos, en esta ocasión, con mil y una basuras que contienen una mezcla de grasa y azúcar que casi no existe en el mundo real.

No, en serio, escucha.
¿Sabías que sólo existe un alimento no artificial, un alimento que puede encontrarse de forma natural, sin que haya sido manufacturado ni producido en un laboratorio, con una combinación de azúcar y grasa semejante a la que nos encontramos en tarrinas de helado, chocolatinas y el resto de snacks pecaminosos? Piensa, ¿sabes de qué alimento se trata?

Mira, yo no estoy obeso, y tampoco tengo cuerpo de gymbro (ni quiero), pero sí sé que quiero comer más sano. Estoy en esa fase de la vida en la que veo razonable recablear un poco mi cerebro, intentar mejorar, y por eso hace poco me leí este libro, Super estimulados, en el que encontré este hallazgo poderoso: el único alimento presente en el mundo de forma natural que combina azúcar y grasa es la leche materna. Ahora, piénsalo: ¿cuándo tomamos leche materna? Al inicio de nuestra vida, precisamente cuando es más urgente que nos nutramos, que comamos lo máximo posible para desarrollar nuestro organismo.
Cuando nos enganchamos a estas basuras, cuando pedimos un McDonalds el domingo y nos acordamos de su sabor el lunes y nos decimos: “¿McDonalds otra vez? ¿Por qué no?”, en cierto modo estamos comportándonos como bebés, la industria alimentaria está tratándonos como a bebés, como a trozos de carne sin voz ni voto sobre nuestra voluntad, cegada por lo buenísimas que están las salsas de esta gente, porque vienen cargadas de químicos adictivos y sí, azúcar.
Hablando de McDonalds, ¿alguna vez te has comido un menú y has notado como, una hora después, volvías a tener hambre?
Pues la culpa tambien es del azucar. Toda esta basura de bollería, refrescos y snacks cargados de harinas ultra procesadas, al entrar en nuestro cuerpo, se convierten en glucosa…. a ver, perdona, dejame hacer un apunte rápido sobre lo que es la glucosa.
La glucosa es un azúcar simple (o monosacárido) que el cuerpo usa como energía. El azúcar de mesa (sacarosa) es un compuesto doble formado por la unión de una molécula de glucosa y una de fructosa. Toda la glucosa es un tipo de azúcar, pero no todo el azúcar es glucosa.

Pues bien, esto es lo que pasa cuando te entrampas un McMenú de Big Mac con Coca Cola:
- Tus niveles de azúcar en sangre se disparan
- Tu páncreas entra en pánico y suelta una descarga de insulina para limpiar el desastre. La insulina es lo que transforma el azúcar en energía.
- Una hora más tarde, esa misma insulina te ha barrido tanto que te ha dejado seco de glucosa, provocando un bajón que tu cerebro transforma en un ataque de hambre.
¿Por qué se le añade azúcar al pan y otros alimentos?
Es todo un truco. Ningún motivo hay para añadir azúcar al pan de molde. O al pan de hamburguesa. El pan no necesita más azúcar que el que genera de forma natural. En cambio, muchos panes incluyen azúcar por cuatro motivos:
El azúcar ayuda a que el pan se fabrique más rápido, a que dure bueno más tiempo, hace que la corteza parezca más bonita, y que la textura sea más agradable. Y esto, evidentemente, no pasa solo con el pan. Esto está sucediendo mires donde mires porque abusar del azúcar les sale rentable.
Y espera porque hay un quinto uso del azúcar del que no todo el mundo es consciente. Mucha gente piensa que el azúcar de, por ejemplo, la Coca Cola, está ahí solo para mejorar su sabor cuando en realidad su objetivo es OCULTARLO. La Coca Cola tiene tanta cafeína y ácido fosfórico que necesita esta cantidad ingente de azúcar para que nos sea agradable al paladar. Lo mismo pasa con los ingredientes ultra-procesados de baja calidad (harinas refinadas, proteínas procesadas): suelen tener un regusto amargo o metálico y, por eso, se les añade azúcar, para «anestesiar» tu lengua. En estos casos, «el azúcar es una herramienta de camuflaje. Nos venden que el producto sabe bien cuando, en realidad, están ocultando que el producto es basura que sin ese azúcar nadie se comería».

Estos sellos que vi durante mi viaje a México, y cuyo país de origen es Chile, deberían ser de uso obligatorio en todo el mundo, pues son lo mejor que nos ha dado Chile desde los tiempos de don Iván Zamorano.
Yo, lo confieso, era un adicto a la Coca Cola y en la actualidad llevo dos meses sin haber probado una. Con toda esta basura pasa lo mismo: en cuanto consigues encadenar unas cuantas semanas de libertad, de que tu cerebro las olvide, se acabó. En su libro Super Sanos, el doctor Manuel Viso establece un periodo de gracia dos meses. Si consigues dejar de consumir algo 8 semanas, serás libre. Por mi experiencia, la dificultad va de más a menos: la primera semana sin Coca Cola a la hora de comer se hace cuesta arriba. La octava, sólo te alegras por haber dejado de consumir esa basura.
¿Y qué pasa con las bebidas sin azúcar?
Pero claro, seguro que estás pensando: ‘Vale, pues me paso a la versión Zero o Light y cero problemas’, ¿no? Sí, estas Coca Colas no llevan azúcar, sino aspartamo, y por desgracia no todo es bonito en el mundo del aspartamo.
A ver, por un lado tenemos que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer ha catalogado el aspartamo como ‘posiblemente carcinógeno’, provocando una enorme batalla de estudios y alegaciones entre la industria y los organismos de salud. Y también una oleada de influencers que te dicen que no, que todo es una exageración, que tendrías que beberte decenas de latas al día para que fuese peligroso. Luego tienes a expertos que te aseguran que el aspartamo produce ansiedad, y a otros que te dicen que es completamente saludable, que el aspartamo está mucho más presente de lo que creemos,etc.
El verdadero problema del aspartamo es que sigue engañando a tu cerebro. Es una sustancia 200 veces más dulce que es azúcar y, por lo tanto, sigue manteniendo alto tu umbral de dulzor, reeducando a tu paladar para que la comida real, una manzana o un plato de verduras, te sepa insípida. El edulcorante no rompe el bucle de la adicción; solo le pone una máscara. Mi pregunta es: ¿por qué quieres arriesgarte y seguir metiendo esta basura en tu cuerpo? ¿Por qué quieres seguir siendo esclavo de una multinacional?
No se trata de no volver a comerse una hamburguesa en la vida, sino de dejar de ser el ratón de laboratorio de una industria que ha diseñado matemáticamente cada bocado para que no puedas parar.

